La casa de las tablillas de barro (La educación en Sumeria)

El escriba

Hacia 1902, se descubrieron gran cantidad de  “textos escolares” en la antiquísima Shuruppak, la ciudad natal de Utnapishtim.  Estos textos databan de año 2500 a.C., puesto que fue a partir de entonces cuando el sistema escolar sumerio se desarrolló.  Se han descubierto millares de tablillas de arcilla que datan de este periodo, por ellas sabemos que había varios miles de escribas que practicaban su profesión.  Había escribas subalternos y escribas de alta categoría; escribas adscritos al servicio del rey y otros al servicio de los templos; había especialidades,  y también que los escribas más educados podían llegar a ser altos dignatarios del Gobierno.

Se han recuperado cientos de tablillas donde están inscritas las tareas por la misma mano de los alumnos y estos ejercicios constituían una parte de su trabajo escolar de todos los días.

Estos documentos “nos informan abundantemente sobre el método pedagógico en vigor en las escuelas sumerias y sobre la naturaleza de su programa escolar.  Por suerte, resulta que los <<profesores>> sumerios eran bastante aficionados a evocar la vida escolar, y muchos de sus ensayos sobre este tema han podido ser recuperados, al menos en parcialmente.

“Al principio, la escuela sumeria daba una enseñanza <<profesional>>, es decir, se destinaba a la formación de escribas, necesarios a la administración pública con vistas a su empleo en el Templo y en el Palacio.[…]  Pero al crecer y desarrollarse, a consecuencia sobre todo de la ampliación de sus programas de estudio, la escuela sumeria se transformó poco a poco, en el centro de la cultura y del saber sumerios.  En su recinto se formaban eruditos y hombres de ciencia,  instruidos en todas las formas del  saber corrientes en la época, tanto de índole teológica , como  botánica, […]y que hacían progresar esta clase de conocimientos.

Escuelas de Creación Literaria

“La escuela sumeria era, en fin, el centro de lo que podría calificarse como de creación literaria. No solamente se copiaban, recopilaban y estudiaban allí las obras del pasado, sino que se componían obras nuevas.  […] Muchos de estos sabios antiguos se ganaban la vida gracias a su salarios como profesores, y consagraban sus ocios a la investigación y a los trabajos escritos” (Kramer, 1962, págs. 49-51).

La escuela en Sumer comenzó siendo una dependencia del Templo, pero se transformó en una institución seglar y en gran parte laica.  Sabemos que la educación no era general ni obligatoria, sino que la mayor parte de los estudiantes eran hijos de los ciudadanos más ricos de las comunidades urbanas.  En los escritos sumerios, no aparece el nombre de ninguna mujer como escriba en los registros. Salvo el caso tal vez de Enjeduana, aunque quizá por ser hija de Sargón, el rey acadio, se hizo una excepción, aunque ignoramos si le dictó los poemas a un escriba o si los trazó sobre las tablillas ella misma; lo que sí sabemos es que en la época babilónica, hacia el año 1800 a.C. sí había mujeres escribas y secretarias prototípicas.

A la cabeza de la escuela se hallaba el ummia, el profesor  especialista o “padre de la escuela”.  Al profesor auxiliar se le llamaba “gran hermano” y su función era caligrafiar las tablillas para que luego, los alumnos las copiaran; y que después el gran hermano revisara “la caligrafía” e hiciera recitar a los alumnos aquello que debían aprender de memoria. Las escuelas contaban con una especie de maestro de dibujo que se encargaba de enseñarles los trazos.  También tenían un maestro que se dedicaba a enseñarles la gramática y el sistema lingüístico.  Existía además un “encargado del látigo”, que era probablemente el responsable de la disciplina. No sabemos sobre la jerarquía de los maestros, sólo que “el padre de la escuela” era algo así como el director de la misma.

Los programas académicos sumerios

“Sobre los programas [académicos] disponemos de una verdadera mina de informaciones procedentes de las mismas escuelas, lo que constituye un caso único en la historia de la antigüedad […]  Estos trabajos escolares nos enseñan que la instrucción escolar constaba de dos secciones principales: la primera daba una instrucción de carácter más científico y  mnemotécnico, mientras que la segunda lo daba de un tipo más literario y creador.” (Kramer, 1962, pág. 53).

El objetivo primordial de lo que podríamos llamar educación básica, era enseñar al escriba a escribir y manejar la lengua sumeria. Los profesores sumerios inventaron un sistema consistente en el establecimiento de repertorios: “clasificaban las palabras de su idioma en grupos de vocablos y de expresiones relacionadas entre sí por el sentido” (Kramer, 1962); es decir por grupos semánticos; después hacían que sus alumnos las aprendieran de memoria, las copiaran y las practicaran hasta que pudieran reproducirlas con facilidad.  “En el tercer milenio antes de la era cristiana, estos  <<libros de clase>> fueron complicándose de siglo en siglo y, progresivamente, se fueron transformado en manuales, más o menos estereotipados, de uso en todas las escuelas de Sumer.” (Kramer, 1962, pág. 54).  En algunos de estos “libros” se hallaban largas listas de nombres de árboles, animales, de países, de ciudades, de piedras y minerales, de partes del cuerpo, leyes, etcétera.  A la fecha se han hecho estudios específicos sobre las diversas especializaciones de determinado grupo de tablillas[1], que prueban los avances que en materia de ciencia habían realizado los sumerios y que se evidencian en estas listas.

“Más adelante, cuando Sumer hubo sido progresivamente invadida y conquistada por los semita acadios, en el último cuarto del tercer milenio, los profesores sumerios emprendieron la redacción de los <<diccionarios>> más antiguos que se conocen.” (Kramer, 1962, pág. 54), justo a esto nos referimos en la cita a pie de página anterior.  Los acadios adoptaron la escritura sumerio y conservaron sus obras literarias, las estudiaron y las reescribieron mucho tiempo después de haber desaparecido el sumerio como lenguaje hablado.

En la educación especializada, se formaban los estudiantes de arte y de creación literaria y probablemente los especialistas en leyes y herbolaria.

Quienes se dedicaban a la creación literaria, estudiaban, copiaban e imitaban las obras literarias, cuyo florecimiento se remonta a la segunda mitad del tercer milenio.  Estas obras eran de carácter poético y variaban  en extensión entre menos de cincuenta líneas hasta alcanzar el millar.  Hasta la fecha han sido recobradas obras de ese tipo en lo que podríamos clasificar modernamente como los siguientes géneros: mitos y cuentos épicos, bajo la forma de poemas narrativos, como la Epopeya de Gilgamesh; himnos a los dioses y a los héroes, donde podemos situar los poemas de Enjeduana; lamentaciones deplorando el saqueo y destrucción de las ciudades vencidas; obras morales  que comprenden proverbios, fábulas y ensayos.

De cómo se impartían las clases podemos decir que al entrar a clase, el alumno estudiaba la tablilla que había preparado el día anterior, luego, “el hermano mayor”  preparaba una nueva tablilla que el estudiante copiaba y estudiaba.  Más tarde el  “padre de la escuela” revisaba el trabajo para cerciorarse de que los signos estaban bien escritos.  Sabemos que la memorización era  muy importante en el estudio.

La pedagogía sumeria

Por lo escrito sabemos que “la pedagogía sumeria no tenía en absoluto el carácter de lo que nosotros calificaríamos de <<enseñanza progresiva>>” (Kramer, 1962), es decir, el alumno debía ser pasivo y obedecer. Haciendo un paralelismo más o menos arbitrario con los paradigmas que se estudian actualmente, se trataba más bien de una educación conductista y positivista, donde no se ahorraban azotes para corregir las fallas de los estudiantes y se trataba de un sistema de estímulo-respuesta.  La asistencia era diaria, desde la mañana hasta la tarde.  La educación exigía varios años de estudio, desde la niñez hasta el final de la adolescencia.

Parece ser que los edificios destinados a las escuelas, no diferían mucho de las casas habitación, es decir, eran construcciones rectangulares de un piso.  En Mari, a orillas del Éufrates descubrieron dos habitaciones que parecía presentar las características de aulas, contenían varias filas de bancos fabricados con ladrillos crudos donde podían sentarse una, dos o cuatro personas.

De hecho existe un “ensayo” anónimo muy divertido compuesto por un maestro de escuela, que data más o menos del 2000 a.C. en el que se nos revelan las relaciones entre el maestro y sus alumnos.  El texto nos habla de la vida cotidiana de un alumno y cómo la condición humana se impone, desde entonces hasta nuestros días.

Al llegar a la “casa de las tablillas”, como nombraban a la escuela, el profesor le pregunta al joven:

 “<<Alumno: ¿dónde has ido desde tu más tierna infancia?>>  El muchacho responde: <<He ido a la escuela.>>  El  autor insiste: <<¿Qué has hecho en la escuela?>> A continuación viene la respuesta del alumno, que ocupa más de la mitad del documento y dice, en substancia, lo siguiente: <<He recitado mi tablilla, he desayunado, he preparado mi nueva tablilla, la he llenado de escritura, la he terminado, después me han indicado mi recitación y, por la tarde, me han indicado mi ejercicio de escritura. Al terminar la clase he ido a mi casa, he entrado en ella y me he encontrado con mi padre que estaba sentado.  He hablado a mi padre de mi ejercicio de escritura, después le he recitado mi tablilla, y mi padre ha quedado muy contento… Cuando me he despertado, al día siguiente, por la mañana, muy temprano, me he vuelto hacia mi madre y le he dicho: “Dame mi desayuno, que tengo que ir a la escuela.” Mi madre me ha dado dos panecillos y yo me he puesto en camino; mi madre me ha dado dos panecillos y yo me he ido a la escuela.  En la escuela, el vigilante de turno me ha dicho: “¿Por qué has llegado tarde?”  Asustado y con el corazón palpitante, he ido al encuentro de mi maestro y le he hecho una respetuosa reverencia.>> (Kramer, 1962, pág. 58)

De cualquier manera, parece que lo azotaron, no sólo por haber llegado tarde, sino por haberse levantado  en la clase, por haber hablado con algún compañero, por haber salido por la puerta grande y porque no hizo bien sus deberes.  Así, que ese día, el alumno recibió seis azotes de látigo en la “casa de las tablillas”.  Cuando llegó a su casa, consigna el texto, le insinuó a su padre que invitara al maestro a cenar a la casa y que le diera algunos regalos para que no lo tratara tan duramente durante las clases.  Por lo visto, el mentor aceptó la invitación, lo sentaron en un sitio de honor, el alumno le sirvió la cena y lo rodeó de atenciones sin dejar de hablar de lo bien que había aprendido en el arte de escribir sobre tablillas de arcilla.  El padre, por su parte, ofreció vino al maestro, lo agasajó y le regaló un traje nuevo, le ofreció un obsequio y le colocó un anillo en el dedo. El profesor agradecido, reconfortó al alumno diciendo:

“<<Muchacho: Puesto que no has desdeñado mi palabra, ni la has echado en olvido, te deseo que puedas alcanzar el pináculo del arte de escriba y que puedas alcanzarlo plenamente… Que puedas ser el guía de tus hermanos y el jefe de tus amigos; que puedas conseguir el más alto rango entre los escolares… Has cumplido bien con tus tareas escolares, y hete aquí que te has transformado en un hombre de saber.>>” (Kramer, 1962, pág. 59)

Parece ser que el salario del maestro entonces era tan exiguo  como lo es actualmente, así que aquellos maestros buscaban la ocasión de mejorar su economía con regalos de los padres adinerados que enviaban a sus hijos a “la casa de las tablillas.”  Según Kramer, este debe haber sido un ensayo muy difundido, puesto que se han encontrado alrededor de 21 copias de las que trece están en el Museo de la Universidad de Filadelfia, siete en el Museo de Antigüedades Orientales de Estambul y la última en el Louvre.

Los sumerios también inventaron las escuelas, rígidas y con una disciplina de latigazo inmediato. Fueron desarrollando sus sistemas de enseñanza de tal manera que llegaron a crear libros de texto y escuelas de arte literario.  La función más importante de estas casas de tablillas de barro era el manejo escrito de la lengua.  Los estudiantes pasaban varios años en la escuela, pero después tenían asegurado su futuro, algo así como responder a la demanda de quienes los contrataban.  La escuela sumeria cumplió con una función muy importante, además de enseñar a los escribas, que fue  sistematizar el conocimiento de la época, para deleite de los milenios futuros.


[1]  Por ejemplo, consultamos la página de http://www.tesisenred.com y nos encontramos con una tesis doctoral de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona titulada “Etnoanatomía y partonomía del cuerpo humano en sumerio y acadio. El léxico Ugu-mu” de María Érika Couto Ferreira, fechada en el 2009, que hace todo un estudio de la lengua a partir de las tablillas escolares con listas de partes del cuerpo, es decir del campo semántico de la anatomía, que datan del periodo sumerio-acadio, es decir de entre el 2370 a.C. al 1900 a.C.  “Puesto que el Ugu-mu elenca términos anatómicos y alusivos al cuerpo humano, el grueso del trabajo se ha focalizado en el tratamiento de las categorías partonómicas en sumerio y en acadio y en el análisis semántico del vocabulario de la lista, así como en los procesos de formación de nomenclatura anatómica, los contextos de uso de la terminología incluida en Ugu-mu, y en las ideas, conceptos y prácticas vinculadas al cuerpo humano presentes en el corpus de textos cuneiformes.” (Couto Ferreira, 2009).

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