Inanna, Señora del Cielo y de la Tierra

Inanna, la primera diosa de la fertilidad

Inanna

Inanna

Otra diosa de indudable importancia y sobre la que existen gran cantidad de registros es también Nin-nanna o Inanna, la diosa del cielo, de la fertilidad y del amor, a quien los babilonios llamarían posteriormente Ishtar, los griegos Afrodita y los Romanos Venus; quien como la Isis egipcia, fue capaz de engañar a Enki para tener mayores prerrogativas que otros dioses.

Aparentemente es nieta de Enlil y Ninlil, hija de la pareja lunar Nanna y Ningal, de ellos nacieron el dios Utu (dios del sol) y la diosa Inanna, la deidad encargada de Venus. Los sumerios evocaban a Inanna al mirar el planeta Venus, que brilla al atardecer y al romper el alba (Echlin, 2008).

Existen cientos de tablillas con cantos y poemas en su honor, y otros que narran sus aventuras, puesto que como dice Kramer, la diosa del amor siempre inflamará la imaginación de los poetas. De hecho, existen una serie de poemas escritos por Enjeduana, una sacerdotisa, hija de Sargón para venerar a Inanna. Uno de ellos resume algunos de sus poderes:

“Señora de gran corazón

Reina ávida de batalla,

Dicha de los Annuna

Hija mayor de la Luna

En todas las tierras soberana

Torre entre grandes gobernantes

Reina de obras excepcionales

Ella reúne los me

Del cielo y de la tierra

Rebasa al gran An”

(De Shong Meador, 2009).

Inanna se había hecho poseedora de los me, porque un día decidió visitar a Enki, ambos se retaron a sostener un duelo de cerveza, así vaso tras vaso, Enki fue entregándole los me, desde luego, en cuanto se le bajó la borrachera, él buscó los me y al no encontrarlos le preguntó a Isimud, su visir, y él le dijo que en medio de la ebriedad él mismo se los había regalado a la diosa. Así que muy arrepentido, le envió 50 gigantes monstruos marinos, pero Inanna quien iba a bordo de la Barca del Cielo, otro regalo del dios Enki, no se detuvo y se negó a devolver los me regalados que consistían en el arte de hacer el amor, el arte de tomar decisiones, el sacerdocio, la corona y el trono, el arte del héroe, el poder y la traición, el júbilo y los lamentos, y también la honradez.

Es muy esclarecedor leer los poemas a Inanna, así como la Epopeya de Gilgamesh puesto que reflejan no sólo el pensamiento mágico de los sumerios, sino también algunos detalles de la vida cotidiana en Sumeria. Por ejemplo, gracias al poema sobre el viaje de Inanna a los infiernos, sabemos que el infierno sumerio tenía siete puertas y que a cada puerta había que ir entregando una prenda para llegar frente a Ereshkigal, la diosa de la muerte, hermana-enemiga de Inanna.

El proceso de Inanna al entrar al inframundo resulta muy interesante por varias razones, en primer lugar, porque vemos en el poema cómo se atavía para el viaje:

Reunió todas las leyes divinas y las tomó en la mano,

Todas las leyes las colocó en su pie.

La shugurra, la corona de la Llanura, ella se la ciñó en la cabeza;

Los rizos del cabello, ella se los fijó en la frente;

La varilla y el cordel para medir el lapislázuli,

los mantuvo apretados en la mano;

Las pequeñas piedras de lapislázuli, se las ató alrededor de la

garganta;

Las piedras-nunuz gemelas, se las sujetó al pecho;

El anillo de oro, lo colocó en su mano;

El pectoral “¡Ven, hombre, ven!” lo fijó en su busto.

Con el ropaje-pala de señoría, cubrió su cuerpo.

El afeite “¡Que se acerque, que se acerque!”

lo aplicó sobre sus ojos.”

(Kramer, 1976, pág. 54).

En la puerta del inframundo le ordenó a Neti, portero en jefe de los Infiernos que quitara los cerrojos de las siete puertas del Ganzir, el único Palacio, ‘rostro’ de los Infiernos. Como vimos con anterioridad, puerta por puerta fue despojada de sus atavíos hasta quedar desnuda frente a su hermana Ereshkigal quien decide su muerte. Es posible que Inanna haya sido en la antigüedad una reina que al morir es ataviada con todo lujo para su ingreso al inframundo, como lo veremos también un poco más tarde con los egipcios, por ejemplo. Sin embargo, en la leyenda del descenso de Inanna, aparece otro elemento que se repetirá en Gilgamesh y es la posibilidad de que siendo rociada con “alimento de vida” y con “brebaje de la vida”, ella pudiera resucitar.

“Doblada y humillada, fue llevada desnuda ante Ereshkigal.

La divina Ereshkigal ocupó su lugar en el trono.

Los anunnakis[1], los siete jueces,

Pronunciaron su sentencia ante ella.

Ella fijó su mirada en Inanna, una mirada de muerte,

Ella pronunció una palabra contra ella, una palabra de cólera,

Ella emitió un grito contra ella, un grito de condenación:

La débil Mujer fue transformada en cadáver,

Y el cadáver fue suspendido en un clavo.”[2]

(Martínez, 1976)

Pero claro que Inanna había tomado sus providencias y le había pedido a Ninshubur, (a quien algunos traductores llaman su visir y otros la llaman Ninshubar y dicen que es su sirvienta), que tras tres días con sus noches, se lacerara el rostro en señal de duelo y cantara ante Enlil, ante Nanna y ante Enki para que la rescataran de la muerte. Mientras que Enlil y Nanna se negaron a ayudar, Enki tomó un poco de tierra que tenía bajo la uña e hizo unas figurillas diminutas. Les dio la planta de la vida y el agua de la vida y les dio instrucciones para que resucitaran a Inanna con esos elementos.

Esta preocupación por la muerte y la resurrección es expresada repetidamente por los sumerios. Cuando Inanna intenta salir de los infiernos, los siete jueces -que nunca han probado comida ni bebida, que no aceptan regalos ni han sentido el abrazo de un amante, ni el beso de un niño- la rodearon y le dijeron que si quería volver a la vida, tendría que dejar a alguien en su lugar, con este fin la acompañaron unos diablillos, igual que cañas-shukur. Al salir, quisieron llevarse a Ninshubar o al cantor de Inanna, pero ella sintió pena por ellos, ya que ambos se habían lacerado y llevado luto por ella, así que no aceptó. Luego fueron viendo a las doncellas y a la madre de Inanna también vestidos de harapos de luto llorando por ella. El único que no llevaba luto ni se veía entristecido fue Dumuzi, su esposo, que estaba vestido como rey y sentado en el trono de la diosa. Inanna se indignó por su conducta y lo envió al inframundo. De esa forma Inanna volvió de la muerte y mandó a su amante en su lugar. Pero al poco tiempo, la diosa se arrepintió y comenzó a lamentarse:

“Inanna se lamentó

Y lloró.

Ya no existía su amante

(Echlin, 2008)

El mundo dejó de florecer, la vida amenazaba con acabarse, así que los Annunaki permitieron a Dumuzi[3] que regresara una vez al año para abrazar a Inanna y que la fertilidad volviera a la tierra. Por eso se hacía indispensable para los gobernantes practicar el rito del hiero-gamos con una sacerdotisa o hieródula para conmemorar el renacimiento de la tierra, porque de no hacerlo a cabalidad, el mundo se acabaría. Este mito reaparece de manera muy parecida en Perséfone, Orfeo y Eurídice, Hércules, Psique, y Odiseo, así como en los poemas de Virgilio y Dante (Martínez, 1976).

Según Mircea Eliade: “Todo el simbolismo paleooriental del casamiento puede explicarse por medio de modelos celestes. Los sumerios celebraban la unión de los elementos; en todo Oriente antiguo, ese mismo día es señalado tanto por el mito de la hierogamia como por los ritos de la unión del rey con la diosa. Es en el día de Año nuevo cuando Ishtar se acuesta en compañía de Tammuz, y cuando el rey reproduce esa hierogamia mítica cumpliendo la unión ritual con la diosa (es decir, con la hieródula que la representa en la tierra), en una cámara secreta del templo, en la que se halla el lecho nupcial de la diosa. La unión divina asegura la fecundidad terrestre; cuando Ninlil se une con Enlil, la lluvia empieza a caer. Esa misma fecundidad queda asegurada por la unión ceremonial del rey, la de las parejas en la tierra, etcétera […] El casamiento regenera el “año” y por consiguiente confiere la fecundidad, la opulencia y la felicidad” (Eliade, 2001, pág. 20).


[1] Anunnaki o Annuna que quiere decir ‘cabezas negras’

[2] Traducción de Arno Poebel/Stephen Langdon/Samuel Noah Kramer/Jaime Elías

[3] Tammuz en la Biblia.

Para la clase es necesario que descargues el PDF que aparece a continuación:

Por favor, descarga e imprime el libro:

“Cantos e himnos de Sumeria”

Tomado de: http://inanna.iszaevich.net/

Bibliografía complementaria:

De Shong Meador, Betty, Tres grandes poemas de Enjeduana dedicados a Inana, México, UACM, 2009.

Echlin, Kim, Inanna Mito de la cultura sumeria, México, CONACULTA/Artes de México, 2006

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  1. Que interesante, gracias por compartirlo. 🙂

  2. Edimia pesantes

    Me interesa sobremanera leer este libro

  3. María Elena Maldonado

    ¿Dónde comprar el libro de Samuel Noah Kramer y Diana Wolkstein traducido por Elsa Cross?

  4. teresadeyuacm

    Gracias

  1. Pingback: El matrimonio – parte XI « Un Bosque Interior

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