La concepción de la muerte entre los sumerios

 

Samuel Noah Kramer sustenta su afirmación del pensamiento pesimista sumerio a partir de su concepción de la muerte, a pesar de que tanto los humanos como algunos dioses podían morir.  Únicamente los dioses más importantes y solamente un ser humano, Utnapishtim, el Noé sumerio, tenían garantizada la vida eterna.  Más que la muerte misma, la perspectiva de lo que sería su vida en ultratumba era lo que los asustaba:

“Se decían los pensadores sumerios que la vida está llena de incertidumbre y que el hombre no puede gozar jamás de una seguridad completa, ya que es incapaz de prever el destino que le ha sido asignado por los dioses, cuyos designios son imprevisibles.  Después de la muerte, el hombre no es más que una sombra impotente y errabunda en las lúgubres tinieblas de los Infiernos, donde la “vida” no es más que un miserable reflejo de la vida terrestre. […] aceptaban como una gran verdad inmediata que el hombre había sido creado por los dioses únicamente para su provecho y placer, y que, por lo tanto, no podía considerarse como un ser libre; para ellos, la muerte era el premio reservado a la criatura humana, ya que solo los dioses eran inmortales, en virtud de una ley trascendental e ineluctable.” (Kramer, 1962).

Ya con anterioridad, en este trabajo, hemos mencionado el reino de la diosa Ereshkigal, cuando Inanna, la diosa de la fertilidad intenta conquistar el reino de los muertos, lo que puede ser una metáfora del invierno frente a la primavera o también, la primera noción que tienen los sumerios de la muerte y el obvio deseo de evitar la pérdida tanto de la vida, como de los seres queridos que desaparecen tras el entierro.  Y también en el incio de los tiempos, cuando Enlil es condenado al exilio tras haber abusado de Ninlil, vemos cómo convence a los tres porteros del Infierno para que su hijo Sin (la Luna) suba al cielo y no se quede en el inframundo. Como dijo ya Kramer, los sumerios reflexionaban a partir de aquello que percibían y a través de ello, imaginaban respuestas. El Apsu

La ansiedad por la muerte provoca la composición de la Epopeya de Gilgamesh. Estos poemas hablan de un guerrero legendario que después se convertiría  en héroe mítico, de quien  a lo largo de los siglos y de las recomposiciones de los poemas terminará siendo de origen divino en dos terceras partes.  Gilgamesh sabe que morirá y sufre una verdadera obsesión por la muerte, de hecho existen dos poemas que abordan ese tema directamente. Y era natural, porque  como dice Jorge Silva Castillo en el prólogo a su Gilgamesh[1] o la angustia por la muerte: “Para los hombres y las mujeres de Mesopotamia había algo más terrible que la experiencia de la muerte biológica, y era aquello que les esperaba en el más allá, en la vida –si cabe llamarla así—precaria y triste del mundo subterráneo, morada de los muertos, reino tenebroso de la diosa Ereshkigal, quien inspiraba terror a los dioses tanto como a los hombres. (Silva Castillo, 2004).

Gilgamesh fue un guerrero de carne y hueso, un caudillo de Uruk, belicoso y audaz.  Era un sacerdote de Kullab, un barrio de Uruk.  Cuando su ciudad comenzó a construir murallas, Agga, el rey de Kish, una urbe más grande, se sintió amenazado y sitió la ciudad del héroe.  El consejo de ancianos quiso rendirse, pero Gilgamesh condujo a los jóvenes guerreros hasta lograr  romper el cerco.  El caudillo tomó el poder y lo nombraron sucesor de Lugalbanda, el rey de Uruk.  Durante una de las batallas, al atravesar el Éufrates, Gilgamesh vio unos cadáveres que flotaban en el agua y eso lo llevó a tomar conciencia de la fugacidad de la vida humana.  Él sabía que debía morir en algún momento, así que decidió realizar grandes hazañas para que su nombre perviviera y a pesar de haber estado enterrado durante 19 siglos, finalmente, su nombre y su historia trascendieron.  Gilgamesh logró su cometido, se convirtió en leyenda inmortal.

Desde su concepción, tuvo Gilgamesh

Un destino preclaro.

Dos tercios divino,

Un tercio humano.

Modeló su cuerpo

La misma diosa Mah[2].

(Silva Castillo, 2004)

Como dije atrás, existen dos poemas de origen sumerio que hablan de la ansiedad de Gilgamesh por la muerte.  Tras subir al trono, el sacerdote de Kullab, se convierte en un tirano, por lo que la gente del pueblo pide ayuda a los dioses, quienes envían a Enkidú, un salvaje que mediante un ritual de hierogamia se civiliza, luego se enfrenta a Gilgamesh, y le demuestra que no es el único hombre fuerte de la humanidad; tras la pendencia, ambos se vuelven inseparables.  Pero después de realizar una de sus hazañas, Inanna se enamora de Gilgamesh y éste la rechaza, entonces ella despechada, pide ayuda al dios Anu, quien convence a Enlil que los guerreros deben sufrir, por lo que en conciliábulo divino, deciden enviar una enfermedad terminal a Enkidú.  Éste enferma y en el lecho de muerte, describe un sueño que ilustra muy claramente la idea que tenían del tránsito hacia el inframundo para los humanos.

“El de la cara / tenebrosa

El de la cara / como de Anzu,

Con patas de león,/ con garras de águila,

Me agarraba del cabello / y me sometía.

Yo lo atacaba y él saltaba, / como a la cuerda,

Pero él me golpeaba / y se apoderaba de mí. […]

Me transformaba / en pichón;

…eran mis brazos / como alas de ave.

Prisionero, me condujo a las tinieblas, / a la Mansión Irkallu;

A la casa que tiene entrada / pero no salida;

Al camino que tiene ida / pero no retorno;

A la casa cuyos habitantes / están privados de luz,

Cuyo alimento es el polvo, / cuyo pan es barro,

[… que van] vestidos como pájaros, / con vestidos de plumas,

Y que, sin ver la luz, / viven en tinieblas. […]

Moraba ahí Etana[3], / moraba Sumuqan[4],

Y moraba la Reina del Infierno, Ereshkigal.”

(Silva Castillo, 2004, págs. 125-127)

 

Tras la muerte de Enkidu, Gilgamesh entra en un duelo profundo.  Es conmovedora la descripción de la reacción de Gilgamesh a la muerte de su amigo:

“Y él [Enkidú] / no levantó la cabeza.

Le tocó el corazón / y no latía.

Como a una esposa / cubrió el rostro de su amigo.

Como águila se revolvía / en torno suyo.

Como leona que ha perdido / a sus cachorros,

No cesaba de ir / de un lado a otro.

Se arrancaba mechones de cabello / y los soltaba.

Desgarraba sus vestiduras / y las arrojaba, como cosa maldita…”

(Silva Castillo, 2004, pág. 134).

Entonces el héroe cae en la cuenta de que a él puede sucederle lo mismo que a Enkidú y decide buscar remedio.  Y esto da pie a otro poema que los estudiosos han intitulado: El Diluvio.  El caudillo sabe que existe un solo hombre inmortal, Utnapishtim o Ziusudra, el sobreviviente del Diluvio, a quien los dioses otorgaron la vida eterna.  Por lo que se va a buscarlo del otro lado del Apsû, Allí el sabio le cuenta  la historia del Diluvio, que después con muy pocas variaciones, veremos en la Biblia con Noé, sólo que Ziusudra, sí salva a todos los artesanos que lo ayudaron a construir la nave y le dice que los dioses se reunieron para otorgarle la vida eterna por haberlos obedecido.  Entonces, Utnapishtim conmina a Gilgamesh a no dormir durante seis días y siete noches, pero en cuanto éste se sienta en cuclillas y como una bruma, el sueño lo invade, y duerme seis noches seguidas, cuando el sabio lo despierta, Gilgamesh le reprocha el sobresalto, porque según él, apenas había cabeceado, entonces Utnapishtim le muestra los siete panes que la mujer del sabio fue cociendo cada mañana.  Gilgameh comprende que su destino final es la muerte.  Utnapishtim lo envía a bañarse para que regrese a su país.  La esposa de Utnapishtim aboga por el rey de Uruk, para que por lo menos, su esposo le revele el secreto de la juventud.

“Utnapishtim se dirigió / a Gilgamesh:

<<Gilgamesh, viniste, te cansaste, / te esforzaste.

¿Qué habré de darte para que vuelvas a tu país?

Te revelaré, Gilgamesh, / un misterio

Y te diré el secreto / de los dioses:

Hay una planta cuya raís es / como la del espino.

Como púas / del rosal te punzará.

Pero si tu mano sse apodera de esa planta,/ rejuvenecerás>>

Al oír esto, Gilgamesh / abrió un agujero;

Ató a sus pies / pesadas piedras

Que lo llevaron al fondo del Apsu, / y vio la planta.

Arrancó la planta / y se espinó la mano.

Cortó las pesadas piedras / de sus pies

Y el mar / lo arrojó a la orilla. […]

<<Es la planta que quita la ansiedad

Porque devuelve el vigor / al hombre que la toma.

‘Rejuvenece-el-hombre-viejo’ / será su nombre.

¡La tomaré yo / y volveré a mi juventud!>>

A las treinta dobles-leguas / plantaron su campamento.

Vio Gilgamesh una poza de aguas frescas.

Bajó hacia ella y en sus aguas / se bañaba

Cuando la Serpiente percibió el aroma / de la planta.

Subió calladamente / y se llevó la planta.

Al partir, dejó / su piel.”

(Silva Castillo, 2004, págs. 182-186)

Por eso las serpientes cambian de piel, mientras los humanos envejecemos. Como podemos apreciar, los sumerios tenían una visión  pesimista de la vida y más aún de la vida después de la muerte.  No obstante, también podemos pensar que Darío Seb Durbam (2006) tiene razón en cuanto a que los sumerios eran menos pesimistas que los acadios, pues en la versión más antigua del poema, aparece un pasaje muy hermoso que  no recogieron las versiones semíticas:

“Gilgamesh, ¿hacia dónde corres?

La vida que persigues, no la encontrarás.

Cuando los dioses crearon a la humanidad,

Le impusieron la muerte;

La vida, la retuvieron en sus manos.

¡Tú, Gilgamesh, llena tu vientre,

Día y noche vive alegre;

Haz de cada día un día de fiesta;

Diviértete y baila noche y día!

Tus vestidos sean inmaculados,

Lavada tu cabeza, tú mismo siempre bañado.

Mira al niño que te tiene de la mano.

Que tu esposa goce siempre en tu seno.

¡Tal es el destino de la humanidad!”

(Silva Castillo, 2004, págs. 149-150).

En 2334, Sargón unificó a las tribus semitas que habitaban en Mesopotamia y fundó el Imperio Acadio, como dijimos antes, los semitas se asimilaron al conocimiento sumerio, según Seb Durbam (2006), seguramente debido a la necesidad de Sargón de legitimar con la tradición sumeria su imperio, tanto política como religiosamente.  Puesto que el primer rey semita fue Ludalzaguesi y Sargón, que era su visir, lo traicionó.  Existe una leyenda sobre los orígenes de Sargón que trascendió hasta nosotros a través de la cultura judeo-cristiana cuando se habla del nacimiento de Moisés[5].   El cambio de mirada se demuestra en el nuevo mito de Creación, como mencionamos en el apartado de la teogonía.  Aparece Marduk, lucha contra Tiamat, le parte el cráneo y divide con eso cielo y tierra.  Luego se enfrenta a Kingu, le corta las venas y Ea forma la humanidad con su sangre.  Es decir, mientras con los sumerios, el hombre era parte consustancial de las deidades; a partir de la visión semítica, el hombre resulta ser originado por la sangre de un demonio.  La distancia entre dioses y hombres se amplía, los dioses son unos y los hombres son de otro origen.  Por lo tanto, desde su mismo nacimiento, los seres humanos deben luchar contra su naturaleza para servir a los dioses, pero están condenados al fracaso, como sucedió con Gilgamesh.


[1] Jorge Silva Castilla realizó  una traducción directa del acadio al español durante una estancia en la École Pratique des Hautes Études bajo la dirección del Dr. Réné Labat.

[2] Mah (‘la Grande’, en sumerio), Ninmah, Ninhursag o Nintu es la diosa madre, quien interviene en la creación de la humanidad según el mito de Atráhasis.

[3] Etana, primer rey de Kish

[4] Sumuqan es un dios secundario que representa a los animales salvajes.

[5] Se consigna alrededor del 2350 a.C., es decir 1100 años del nacimiento de Moisés, que Sargón fue el hijo de una mujer de encumbrada familia, pero su padre era desconocido.  Su madre por vergüenza de tener un hijo ilegítimo, lo dio a luz secretamente y luego trató de desembarazarse de él antes de que alguien lo hallara.  Hizo un pequeño bote de cañas y lo untó con brea para hacerlo impermeable.  Puso al niño en él y lo lanzó al río. Fue hallado por un pobre hortelano que lo crió con amor, pero en la pobreza.  Más tarde, en su edad adulta, sus talentos innatos lo condujeron al liderazgo, las conquistas y el poder supremo. (Asimov, 1991)

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